CAMBIOS HEREDITARIOS DE HÁBITOS O DE INSTINTOS EN LOS
ANIMALES DOMÉSTICOS. Se aumentará la creencia en la posibilidad y aun en la pro-
babilidad de la herencia de las variaciones distintas en estado natural, al considerar bre-
vemente algunos pocos casos que ocurren en la domesticidad, pues así podremos ver la
parte que el hábito y la selección de las variaciones llamadas espontáneas ha tenido en
modificar las cualidades mentales de nuestros animales domésticos, siendo notorio cuánto
varían en sus cualidades mentales muchos de estos animales. En los gatos, por ejemplo,
vemos que mientras uno se dedica naturalmente a la caza de ratas, otro prefiere la de ra-
tones, siendo cosa sabida que estas tendencias se heredan. Los instintos domésticos, que
así podremos llamarlos, son ciertamente mucho menos fijos que los naturales; pero en
ellos ha obrado una selección mucho menos rigurosa y han sido transmitidos por un pe-
ríodo de tiempo incomparablemente más corto y en condiciones de vida menos estables.
Las cualidades mentales de nuestros animales domésticos varían y se heredan, aunque
los instintos cambian ligeramente en estado natural. Nadie disputará que los instintos son
de la mayor importancia para cada animal; por lo tanto, no hay dificultad real cambiando
las condiciones de vida, para que la selección natural acumule en un grado cualquiera las
ligeras modificaciones de instinto que sean útiles de algún modo. En muchos casos es
probable que haya entrado en juego el hábito o el uso y el desuso; y si pretendemos afir-
mar que los hechos presentados en este capítulo den fuerza de ninguna clase a esta teoría,
tampoco concederemos que alguno de los casos de dificultad la anulen, confesándonos
como completamente equivocados. Por otra parte, el hecho de que los instintos no sean
siempre absolutamente perfectos y estén sujetos a equivocaciones; el que no pueda pre-
sentarse un instinto que haya sido producido en beneficio de otros animales, por más que
estos se aprovechen de los instintos de otros; y el que el canon de historia natural “Natura
non facit saltum” sea aplicable a los instintos al igual que a la estructura corpórea y sea
plenamente inteligible con las opiniones anteriores, y de otros modos inexplicables; todo,
en suma, tiende a corroborar la teoría de la selección natural.
También esta teoría adquiere fuerza por unos cuantos hechos más con respecto a los
instintos, como es el caso común de especies muy cercanas, pero distintas, que habitan
diversas partes del mundo y viven en condiciones considerablemente diferentes, y que,
sin embargo, conservan con frecuencia casi los mismos instintos. Por ejemplo, podemos
entender cómo por el principio de la herencia, el tordo de la América tropical del Sur cu-
bre su nido de barro, de la misma manera peculiar que nuestro tordo británico; cómo los
todopicos del África y de la India tienen el mismo instinto extraordinario de tapiar y apri-
sionar a las hembras en un hueco de un árbol, abriendo un agujerito en la tapia, por el
cual los machos les dan el alimento a ellas y a sus polluelos cuando salen del cascarón;
cómo el regaliolo macho (Troglodita), de la América del Norte, construye nidos para su
descanso al igual que en Europa, hábito completamente diferente del de todos los pájaros
conocidos. Finalmente, acaso no sea deducción lógica, pero sí para nosotros muchísimo
más satisfactoria, considerar que instintos tales como el del pollo de cuclillo, que echa a
sus hermanos del nido, el de las hormigas que hacen esclavos y los de las larvas de los
ichneumones, que se alimentan dentro de los cuerpos vivos de las orugas, no son instintos
especialmente creados, con los cuales se ha dotado respectivamente a esos animales, sino
pequeñas consecuencias de la ley general que lleva a la mejora de todos los seres orgáni-
cos, a saber: la de multiplicar, variar, dejar vivir al más fuerte y dejar morir al más débil.










