HASTA QUÉ PUNTO ES VERDADERA LA DOCTRINA UTILITARIA; CÓMO SE
ADQUIERE LA BELLEZA. Las anteriores observaciones nos llevan a decir algunas pa-
labras sobre la protesta hecha recientemente por algunos naturalistas contra la doctrina
utilitaria de que cada detalle de estructura ha sido producido para el bien de su poseedor.
Creen que muchas estructuras han sido creadas para la belleza, para el deleite del hombre
o del Creador (aunque este último punto sale del campo de la discusión filosófico cientí-
fica), o solamente por mera variedad, opinión que ya hemos discutido; pero, de ser verdad
tales doctrinas, serían absolutamente fatales para nuestra teoría.
Con respecto a la creencia de que los seres orgánicos fueron creados hermosos para re-
creo del hombre (creencia que, se ha anunciado, derriba toda nuestra teoría) debemos
primero hacer notar que el sentido de la belleza depende evidentemente de la naturaleza
del espíritu, con independencia de toda cualidad real en el objeto admirado, y que la idea
de lo que es hermoso ni es innata ni inalterable. Vemos esto, por ejemplo, en los hombres
de razas diferentes, que admiran un tipo enteramente distinto de belleza en sus mujeres.
Si los objetos hermosos hubieran sido creados únicamente para goce del hombre, habría
que probar que antes de que el hombre apareciese había menos belleza en la faz de la tie-
rra que desde que él se presentó en escena.
La belleza, en muchos casos, parece ser debida por completo a la simetría del creci-
miento. Las flores se clasifican entre las producciones más hermosas de la naturaleza;
pero se han hecho visibles por contraste con las hojas verdes, y por consiguiente hermo-
sas, al mismo tiempo para que puedan ser fácilmente observadas por los insectos.
La selección natural no puede producir ninguna modificación en una especie exclusi-
vamente para el bien de otra, aunque en la naturaleza una especie incesantemente se
aproveche de las estructuras de las demás. Pero la selección natural puede producir, y a
menudo produce, estructuras en daño directo de otros animales. Hemos visto que las es-
pecies no son indefinidamente variables en cualquier período, y que no están escalonadas
por multitud de gradaciones intermedias; en parte, porque el procedimiento de la selec-
ción natural es siempre muy lento, y obra, en cualquier tiempo dado, solamente sobre
unas pocas formas; y en parte porque el mismo procedimiento de la selección natural lle-
va implícitas la suplantación continua y la extinción de los grados precedentes e interme-
dios. Las especies estrechamente unidas, que viven ahora en un área continua, deben en
muchos casos haber sido formadas cuando el área no lo era y cuando las condiciones de
vida no se graduaban insensiblemente desde una parte a otra. Cuando se formen dos va-
riedades en dos localidades de una región continua, se formará a menudo una variedad
intermedia, propia para una zona también intermedia; pero, por razones ya dadas, la va-
riedad intermedia será comúnmente menos numerosa que las dos formas que enlaza, y
por consiguiente, estas, durante el curso de ulterior modificación, tendrán gran ventaja
para existir en mayor número sobre la variedad intermedia, y acabarán generalmente por
suplantarla y exterminarla.
Debemos ser precavidos en la conclusión de que no pueden graduarse uno en otro los
hábitos más diferentes de vida; que, por ejemplo, un murciélago no pudo haber sido for-
mado por la selección natural de un animal que al principio sólo hendía el aire.
En dos seres extensamente alejados uno de otro en la escala natural, los órganos que
sirven para el mismo propósito, aunque sean en su apariencia externa muy semejantes,
pueden haber sido formados separada o independientemente. Cuando tales órganos son
examinados de cerca, casi siempre pueden descubrirse en su estructura diferencias esen-
ciales, siendo esto consecuencia lógica del principio de la selección natural. Por otra par-
te, la regla común en toda la naturaleza es infinita diversidad de estructura para alcanzar
el mismo fin; y esta también es consecuencia natural del mismo gran principio.
En muchos casos, somos demasiado ignorantes para poder afirmar que una parte o un
órgano sea tan importante para el bienestar de una especie, que las modificaciones en su
estructura no puedan haberse ido acumulando lentamente por medio de la selección natu-
ral. En otros muchos casos, es probable que las modificaciones sean resultado directo de
las leyes de variación o de crecimiento, independientemente de que aquellas hayan alcan-
zado bien alguno. Pero aun en esas estructuras podemos estar seguros de que después han
sido aprovechadas y modificadas en beneficio de las especies, bajo condiciones nuevas de
vida. También podemos creer que frecuentemente se ha conservado una parte que tuvo
gran importancia en otros tiempos (como la cola de un animal acuático en sus descen-
dientes terrestres) aunque haya llegado a ser de importancia tan pequeña, que no podría
en su estado actual haber sido adquirida por medio de la selección natural.
Sabemos que una especie en nuevas condiciones de vida puede cambiar sus hábitos o
tenerlos diversificados; y algunos pueden ser distintos de los de sus congéneres más in-
mediatos. Con esto podemos entender, teniendo presente que cada ser orgánico trata de
vivir en todas las partes que puede, cómo ha sucedido que haya ocas de tierra adentro con
pies empalmados, picamaderos en el terreno, tordos que bucean y petreles con las cos-
tumbres de los pájaros bobos.
Aunque la creencia de que un órgano tan perfecto como lo es el ojo pudiera haber sido
formado por la selección natural es bastante para hacer vacilar a cualquiera, sin embargo,
en el caso de un órgano determinado, si tenemos noticia de una larga serie de graduacio-
nes en su complejidad, cada una de ellas ventajosa para su poseedor, no hay imposibili-
dad lógica de que, en condiciones cambiadas de vida, adquiera, por medio de la selección
natural, cualquier grado de perfección concebible. En los casos en que no sabemos nada
de los estados intermedios o de transición, tenemos que ser extremadamente cautos para
deducir que no puede haber existido ninguno, porque las metamorfosis de muchos órga-
nos prueban que, por lo menos, son posibles maravillosos cambios en sus funciones. Por
ejemplo: la vejiga natatoria ha sido aparentemente convertida en pulmón que respira aire.
El mismo órgano que haya desempeñado en forma simultánea funciones muy diferentes,
y que después haya sido especializado en todo o en parte para una sola, y dos órganos
distintos que hayan desempeñado al mismo tiempo la misma función, habiendo sido el
uno perfeccionado con ayuda del otro, deben muchas veces haber facilitado bastante las
transiciones.
La selección natural nada puede producir en una especie para el bien o daño exclusivo
de otra, aunque sí puede producir partes orgánicas y excreciones altamente útiles o indis-
pensables, y también altamente dañosas para otra especie; pero han de ser en todos los
casos útiles al mismo tiempo para el poseedor. En cada país bien poblado, obra la selec-
ción natural por medio de la competencia de los habitantes, y por consiguiente, lleva al
triunfo en la batalla por la vida, pero solamente de acuerdo con el tipo modelo de aquel
país determinado. Por esto los habitantes de un país pequeño ceden a menudo ante los
habitantes de otro más grande, porque en este existirán más individuos y formas más di-
versificadas, lo que produce una competencia más severa, y por ende el tipo de perfec-
ción se habrá hecho superior. La selección natural no conducirá necesariamente a la per-
fección absoluta, ni tampoco, en cuanto nuestras facultades limitadas nos permiten juz-
gar, puede señalarse en todas partes cuál sería la perfección absoluta.
Con la teoría de la selección natural podemos entender claramente el sentido completo
de aquel antiguo canon de historia natural: “Natura non fácil saltum”, el cual no es estric-
tamente exacto si miramos sólo a los actuales habitantes del mundo; pero si incluimos a
todos los de los tiempos pasados conocidos y por conocer, dentro de nuestra teoría debe
ser perfectamente verdadero.
Se reconoce generalmente que todos los seres orgánicos han sido formados según dos
grandes leyes: unidad de tipo y condiciones de existencia. Por unidad de tipo se entiende
ese acuerdo fundamental en la estructura que vemos en los seres orgánicos de la misma
clase, y que es totalmente independiente de sus hábitos de vida. Según nuestra teoría, se
explica la unidad de tipo por la unidad de descendencia. La expresión “condiciones de
existencia”, en la que tan a menudo insiste el ilustre Cuvier, es cabalmente comprendida
por el principio de la selección natural. Pues esta obra, o bien adaptando ahora las varias
partes de cada ser a sus condiciones de vida orgánicas e inorgánicas, o bien, habiéndolas
adaptado en épocas pasadas, son ayudadas en muchos casos por el mayor o menor uso de
las partes afectadas por la acción directa de las condiciones externas de vida, y en todos
los casos sujetas a las diversas leyes de crecimiento y variación. Por esta razón, la ley de
las condiciones de existencia es la ley superior, pues incluye, por la herencia de variacio-
nes y adaptaciones anteriores, la ley de la unidad de tipo.










