PRINCIPIOS DE SELECCIÓN ANTIGUAMENTE PRACTICADOS

PRINCIPIOS DE SELECCIÓN ANTIGUAMENTE PRACTICADOS Y SUS
EFECTOS. Consideremos ahora brevemente los pasos que han dado las razas domésticas
para producirse, ya desciendan de una especie única o de varias inmediatas entre sí, para
lo cual hay que atribuir algún efecto a la acción directa y definida de las condiciones ex-
ternas de la vida, así como algunos al hábito.
Uno de los rasgos más notables en nuestras razas domésticas es, sin duda, verlas adap-
tarse, no ciertamente en provecho propio, a la utilidad o capricho del hombre. Algunas
variaciones útiles para este han surgido probablemente de repente, o par una sola opera-
ción. Por suerte, muchos botánicos han creído, por ejemplo, que la cabeza de la carden-
cha, provista de anzuelos, que no podrían obtenerse por procedimiento alguno mecánico,
es solamente una de las variedades del dipsaco salvaje, habiendo podido perfectamente
este cambio nacer de una vez en alguna planta de semillero.
Pero cuando comparamos al caballo de tiro con el de carrera, al dromedario con el ca-
mello, a las diferentes castas de ovejas,, cuando comparamos esa legión de plantas
agrícolas culinarias de huerta y jardín, creemos que es menester ver en todos estos hechos
algo más que simple variabilidad, porque no podemos suponer que todas las castas fueran
repentinamente producidas tan perfectas y útiles como hoy las vemos, sabiendo positiva-
mente, como en muchos casos sabemos, que no ha sido así. La clave de esto se encuentra
en la facultad que tiene el hombre de acumular fenómenos de selección. La naturaleza da
variaciones sucesivas, y el hombre las va dirigiendo en ciertas direcciones que le son úti-
les, pudiendo en este sentido decirse que el hombre ha creado para sí las razas de las que
recibe tanta utilidad.
Hay quienes ponen en práctica el principio de selección como si ejercieran una profe-
sión. Colocan a los carneros sobre una mesa y sobre ella los estudian; repiten tres veces
con intervalo de algunos meses este primer paso, y en todas ellas marcan y clasifican a
los carneros, de modo que solamente los mejores entre los mejores son, en definitiva, los
que se destinan a la cría.
Estas mejoras no son generalmente debidas al cruzamiento de diferentes castas, porque
todos los mejores criadores se oponen tenazmente a esta práctica, excepto en muy raras
ocasiones o cuando se trata de castas próximamente iguales. Una vez verificado el cru-
zamiento es indispensable la más vigorosa selección. Si esta consistiese meramente en
separar alguna variedad muy distinta para hacer cría, el principio sería tan claro que ape-
nas merecería mencionarse; pero su importancia consiste en el gran efecto producido por
la acumulación en un sentido, durante generaciones sucesivas.
Los horticultores siguen los mismos principios; pero a la vez las variaciones son más
bruscas, y nadie supondrá que nuestros mejores productos sean el resultado de una sola
variación del tronco origen.
Con respecto a las plantas, una vez establecida con precisión una raza, los plantadores
arrancan a los tunantes (las matas que al nacer se desvían del conveniente tipo).
Hay otros medios para observar los efectos de selección ya acumulados, a saber: com-
parar la diversidad de flores en las diferentes variedades de la misma especie en un mis-
mo jardín. La ley de la variación correlativa, cuya importancia no debe menospreciarse
jamás, siempre nos dará seguras diferencias; pero por regla general no se puede dudar de
que una selección continuada, en las hojas, en las flores, o en los frutos, producirá razas
que se diferencien unas de otras, principalmente en estos caracteres.
En épocas rudas y bárbaras de la historia de Inglaterra se importaban con frecuencia
animales escogidos y se daban leyes para impedir su exportación. Una ley ordenaba la
destrucción de todos los caballos que no poseyesen cierta alzada, lo cual puede comparar-
se a lo que hoy hacen los jardineros con las plantas malas. Algunos escritores clásicos
romanos han dado también reglas explícitas sobre este punto, mostrando claramente al-
gunos pasajes del Génesis, que en aquel remoto tiempo se atendía mucho al color de los
animales domésticos. Los salvajes cruzan hoy, algunas veces, sus perros con animales
salvajes de la raza canina para mejorar la casta. Por algunos de estos hechos puede indu-
cirse que la selección no es cosa de hoy, sino que la cría de animales domésticos mereció
cuidadosa atención en tiempos antiguos, como ahora entre los salvajes más degradados.
Y la verdad es que habría sido extraño que así no hubiese sucedido, cuando tan evidente
es que las buenas y las malas cualidades son hereditarias.