SOBRE EL GRADO EN QUE TIENDE A AVANZAR LA ORGANIZACIÓN. La se-
lección natural obra exclusivamente conservando las variaciones que son ventajosas en
las condiciones orgánicas e inorgánicas a las que toda criatura está expuesta en todos los
períodos de la vida. Su último resultado es que cada una tienda a mejorar cada vez más en
relación a sus condiciones. Este mejoramiento conduce inevitablemente al adelanto gra-
dual de la organización del mayor número de los seres vivos en todo el mundo. Pero aquí
entramos en asunto harto intrincado, porque los naturalistas no han definido a satisfacción
de todos lo que se entiende por progreso en la organización. Entre los vertebrados es cla-
ro que se trata del grado de inteligencia y de la aproximación de su estructura a la del
hombre. Podría pensarse que la cantidad de cambios por los que pasan las diversas partes
y órganos en su desarrollo desde el embrión a la madurez, bastaría como tipo de compa-
ración; pero hay casos, y entre ellos el de ciertos crustáceos parásitos, en los cuales varias
partes de la estructura llegan a ser menos perfectas. El criterio más extensamente aplica-
ble y que parece preferible en esta materia es el de von Baer, que establece la suma de
diferencia de las partes del mismo ser orgánico (en estado adulto, añadiríamos nosotros),
y su especialidad para funciones diferentes; o como Milne Edwars se expresaría, el per-
feccionamiento de la división del trabajo fisiológico.
Si tomamos como criterio de la organización más elevada la suma de diferencias y de
especialidades de los diversos órganos en cada ser adulto (lo cual incluirá el adelanto del
cerebro para los fines intelectuales), la selección natural nos lleva clara mente hacia él,
porque todos los fisiólogos admiten que las especialidades de los órganos, dado que en
este estado llenan mejor sus funciones, son ventajosas para cada ser, y de ahí que la acu-
mulación de variaciones que tienden hacia la especialidad esté dentro del campo propio
de la selección natural. Por otra parte, teniendo presente que todos los seres orgánicos se
esfuerzan en aumentar en gran proporción, y por apoderarse de todo lugar desocupado o
menos bien ocupado en la economía de la naturaleza, podemos entender que es comple-
tamente posible para la selección natural adaptar gradualmente a un ser a una situación
dada, en la cual serían superfluos o inútiles algunos órganos, en cuyo caso habría retroce-
so en la escala de la organización.
Pero puede objetarse que si todos los seres orgánicos tienden así a elevarse en la escala,
¿cómo es que en todo el mundo existe todavía una multitud de formas inferiores? Y,
¿cómo es que en cada gran clase hay algunas formas más desarrolladas que otras? ¿Por
qué las primeras no han suplantado ni exterminado a las otras en todas partes?
Lamarck se inclinó a suponer que continuamente están produciéndose formas nuevas y
simples por generación espontánea. La ciencia no ha probado todavía la verdad de esta
creencia. En nuestra teoría no ofrece dificultad la existencia continuada de organismos
inferiores, porque la selección natural o supervivencia de los más aptos, no implica nece-
sariamente desarrollo progresivo, sino que solamente aprovecha la ventaja de aquellas
variaciones que surgen y son de utilidad a cada criatura en sus complejas relaciones de
vida.
Creemos, finalmente, que muchas formas de organización inferior existen aún en el
mundo, por varias causas. En algunos casos, porque nunca han surgido variaciones o di-
ferencias individuales de naturaleza favorable para que la selección natural obrara y las
acumulara. Probablemente en ningún caso ha bastado el tiempo para acumular la mayor
suma posible de desarrollo, y en ciertas, aunque en pocas circunstancias, ha habido lo que
debemos llamar retroceso de organización
Volviendo la vista a la primera aurora de la vida, cuando todos los seres orgánicos, se-
gún creemos, presentaban la estructura más simple, se ha preguntado: ¿cómo nacieron los
primeros pasos en el adelanto o diferencias de las partes? Mr. Herbert Spencer probable-
mente contestaría que tan pronto como el simple organismo unicelular llegó por creci-
miento o división a ser un compuesto de diversas células o se unió a cualquier superficie
de apoyo, entraría en juego su ley de que “las unidades análogas de un orden cualquiera
se diferencian proporcionalmente a medida que sus relaciones con fuerzas incidentes se
hacen diferentes”. Pero como no tenemos hechos que nos guíen, la especulación sobre el
asunto es casi inútil. Es, sin embargo, un gran error suponer que no habría lucha por la
existencia, y en consecuencia selección natural, hasta que hubieran sido producidas mu-
chas formas, puesto que las variaciones en una sola especie que habite una región aislada
podrían ser ventajosas, y por ende, modificada la masa entera de individuos.
Finalmente, bajo condiciones variables de vida, los seres orgánicos presentan diferen-
cias individuales en casi todas las partes de su estructura, y esto no puede disputarse; si
hay una lucha rigurosa por la existencia debido a la proporción geométrica de aumento en
alguna época, estación o año, esto tampoco puede disputarse seriamente. Considerando la
infinita complejidad en las relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y con sus con-
diciones de vida, origen de infinita diversidad de estructura, constitución y hábitos que
han de ser ventajosos, sería un hecho extraordinario que jamás hubieran ocurrido varia-
ciones útiles para el propio bienestar de cada ser, de la misma manera que han ocurrido
tantas variaciones útiles para el hombre. Pero si estas ocurren alguna vez para cualquier
ser orgánico, seguramente los individuos que los posean tendrán las mayores probabili-
dades de conservarse en la lucha por la existencia; y por el principio de la herencia tende-
rán a producir descendencia semejantemente caracterizada. A este principio de conserva-
ción, o a la supervivencia de los más aptos, hemos llamado selección natural, que condu-
ce al mejoramiento de cada criatura con relación a sus condiciones orgánicas e inorgáni-
cas de vida, y en consecuencia, en la mayoría de los casos, a lo que pudiera considerarse
como adelanto en la organización. A pesar de todo, las formas simples e inferiores ten-
drán una gran duración si están bien adaptadas a sus propias condiciones de vida.
La selección natural, de acuerdo con el principio de que las cualidades se heredan en
edades correspondientes, puede modificar al huevo, a la semilla o al cachorro tan fácil-
mente como el adulto. Entre muchos animales, la selección sexual habrá prestado su ayu-
da a la selección ordinaria, asegurando a los machos más vigorosos y mejor adaptados, el
mayor número de descendientes. La selección sexual dará también caracteres útiles a los
machos solamente en sus luchas o rivalidades con otros, y estos caracteres serán transmi-
tidos a un sexo solo o a los dos, según la forma de herencia que prevalezca.
Si la selección natural ha obrado así realmente, para adaptar las varias formas de vida a
sus diferentes condiciones y estaciones, habrá que juzgarlo por el tenor general y por el
número de las pruebas dadas en pro y en contra. Pero ya hemos visto cómo ella implica la
extinción, y la geología claramente declara cuánto ha hecho la extinción en la historia del
mundo. La selección natural también conduce a la divergencia de carácter, porque cuanto
más diverjan los seres orgánicos en estructura, hábitos y constitución, tanto más podrá
sostenerse un número grande de individuos en la misma región; de lo cual tenemos una
prueba con sólo mirar a los habitantes de cualquier espacio pequeño y a las producciones
naturalizadas en tierra extranjera. Por lo tanto, durante la modificación de los descendien-
tes de una especie cualquiera, y durante la incesante lucha de todas las especies para
hacerse más numerosas, cuanto más diversificados sean los descendientes, tantas más
probabilidades tendrán de conseguir el triunfo en la batalla por la vida. Y de este modo,
las diferencias pequeñas que distinguen a las variedades de la misma especie tienden fir-
memente a aumentarse, hasta que igualan a las diferencias más grandes que hay entre es-
pecies del mismo género y aun de géneros distintos.
Las especies comunes extensamente difundidas y que ocupan vastas regiones, pertene-
cientes a los géneros mayores, dentro de cada clase, son las que varían y tienden a trans-
mitir a su modificada descendencia aquella superioridad que ahora las hace dominantes
en sus propios países. La selección natural, como acaba de observarse, conduce a la di-
vergencia de carácter y a mucha extinción de las formas menos adelantadas e interme-
dias. Por estos principios puede explicarse la naturaleza de las afinidades y las distincio-
nes, generalmente bien definidas entre los innumerables seres orgánicos de cada clase en
todo el mundo. Es verdaderamente un hecho maravilloso, por más que la familiaridad nos
haga no maravillarnos de él, que todos los animales y todas las plantas en todo tiempo y
en todo el espacio estén relacionados unos con otros en grupos subordinados a grupos, de
la manera que en todas partes los vemos, a saber: variedades de la misma especie más
íntimamente relacionadas; especies del mismo género menos íntima y desigualmente re-
lacionadas, formando secciones y subgéneros; especies de distintos géneros mucho me-
nos relacionadas; géneros relacionados en diferentes grados, formando subfamilias, fami-
lias, órdenes, subclases y clases. Los diferentes grupos subordinados en una clase no pue-
den ser colocados en una sola fila, pero parecen apiñados alrededor de puntos, y estos al-
rededor de otros, y así sucesivamente, en círculos casi interminables. Si las especies
hubieran sido creadas independientemente, no habría explicación posible para esta clasi-
ficación, que hoy se explica por la herencia y por la acción compleja de la selección natu-
ral, de la que resulta la extinción y la divergencia de carácter, como podríamos verlo grá-
ficamente en las líneas que hemos ido trazando en el diagrama.
Algunas veces, las afinidades de todos los seres de la misma clase han sido representa-
das por un gran árbol, y creemos que esta idea es bastante verdadera. En efecto, los re-
nuevos verdes y florecientes pueden representar las especies que existen; y los produci-
dos durante años anteriores pueden representar la larga sucesión de especies extinguidas.
En cada período de crecimiento, todos los retoños han tratado de ramificarse en todas las
direcciones y de sobresalir y sofocar a las ramas y renuevos que los rodean, de la misma
manera en que las especies y los grupos de especies han dominado en todos los tiempos a
otras especies en la gran batalla por la vida. Los troncos divididos en grandes ramas, y
éstas en otras cada vez más pequeñas, fueron también en otro tiempo, en la juventud del
árbol, retoños florecientes; y esta conexión de los brotes antiguos y actuales en los rami-
ficados brazos puede representar a las mil maravillas la clasificación de todas las especies
extinguidas y vivas en grupos subordinados a otros grupos. De los muchos retoños que
florecieron cuando el árbol era un mero arbusto, solamente dos o tres, que hoy son las
ramas grandes, sobreviven y soportan a las otras, y asimismo, de las especies que vivie-
ron durante períodos geológicos hace mucho tiempo, muy pocas han dejado descendien-
tes vivos y modificados. Desde el primer crecimiento del árbol, más de una rama de todos
los tamaños se ha deteriorado y caído, y estas pueden representar aquellas órdenes, fami-
lias y géneros enteros que no tienen representantes vivos y que no son conocidos única-
mente en estado fósil. Del mismo modo que de vez en cuando vemos una ramita solitaria
saliendo por la parte baja del tronco de un árbol, que por alguna circunstancia ha sido fa-
vorecida y todavía vive en aquel sitio, se nos presenta también un animal, como el ornito-
rrinco o el pez de légamo, que en grado pequeño enlaza por sus afinidades a dos grandes
ramas de vida, y que en la apariencia se ha salvado de la competencia fatal, por haber
habitado en un paraje protegido. Como los retoños dan por el crecimiento lugar a otros
retoños, y estos, cuando son vigorosos, se ramifican y dominan por todos lados a muchas
ramas más débiles, creemos que es eso lo que ha sucedido con el gran árbol de la vida,
que llena con sus ramas muertas y rotas la corteza de la tierra, cuya superficie cubre con
sus restantes ramificaciones, siempre hermosas y crecientes.










